Principessa Mía
Noelle nunca debió aceptar la invitación a esa fiesta.
Una mansión aislada, puertas que se cerraban a medianoche y un juego perverso en el que nadie revelaba su nombre ni su rostro hasta el amanecer. Las reglas eran rendirse al deseo del desconocido que poseyera su llave.
Pero él la eligió antes de que el juego comenzara.
Alto, peligroso, con una máscara oscura que ocultaba más que su identidad. Sus ojos de dos colores la hipnotizaban, su voz la quebraba, y su toque la consumía hasta la última gota de resistencia. Él no pedía… ordenaba. Y ella, contra todo instinto, obedecía.
Porque el juego terminaría al amanecer.
Pero él no pensaba dejarla escapar.

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